Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2006.

El tercer hombre. Carol Reed, 1949

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Holly Martins, un mediocre escritor estadounidense, llega a la Viena de postguerra, atraído por la promesa de un buen trabajo que le ha hecho su amigo de la infancia Harry Lime. Pero su llegada coincide con el entierro de Harry. Martins ve demasiados puntos negros en esa muerte y empieza a investigar, aunque hay quienes no desean que la verdad salga a la luz. 

Pese a que Carol Reed sea el nombre que aparece como responsable de la obra, hay mucho de Orson Welles en ella; éste siempre negó haber participado en la elaboración de las escenas, pero es evidente la enorme influencia que ejerció sobre el director, aunque fuera de forma inconsciente. Es algo que se aprecia en su opresiva atmósfera, la impresionante fotografía expresionista de R. Krasker, los encuadres desequilibrados, los dramáticos movimientos de cámara, el sensacional y ágil montaje... 

Carol Reed y Orson Welles fueron los puntales visibles, pero ¿quién fue el tercer hombre en esta historia? Pues ni más ni menos que Graham Greene. El gran escritor ingles le regaló a Reed un breve relato para que lo llevase directamente a la pantalla, y salvo el final, la adaptación fue trasladada casi palabra por palabra.  

Con un espléndido reparto en estado de gracia, la película es una fascinante galería de personajes que intentan sobrevivir en un sórdido mundo que transita entre el bien y el mal, lo moral y lo inmoral. El tercer hombre se erige como uno de los más lúcidos estudios sobre el egoísmo, el cinismo y la maldad del ser humano en épocas de crisis, y plantea el terrible dilema moral de tener que escoger entre la fidelidad y lo éticamente correcto.

El resto del conjunto lo componen un enorme trabajo de puesta en escena y la inmortal cítara de A. Karas. 

Elegida en 1999 como la mejor aportación británica a la historia del cine, la película incluye ciertos momentos que son pequeñas obras de arte en si mismas, como la persecución de Lime en las alcantarillas (con ese impagable gesto final de asentimiento), o la escena final de un paisaje infinito bañado en una estampa de árboles caducos.

05/12/2006 10:03 Autor: Adriana Carriles. Enlace permanente. Tema: Drama Hay 1 comentario.

El gran robo del tren. Porter, 1903

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Un grupo de bandidos atacan al maquinista de un tren y le obligan a parar la locomotora para obligar a los viajeros a apearse y robarles. Aunque conseguirán huir, finalmente son atrapados. 

Con apenas 12 minutos de duración y rodada con tan sólo 14 planos, fue la película mas famosa de Porter, un gran éxito que sentó las bases del western como género cinematográfico. 

Porter, que había empezado a trabajar a las órdenes del famoso Edison,  llegó a la conclusión de que el público pronto se cansaría de las cintas de la época (instantáneas del estilo Lumière, grabaciones de trucos de magia, etc.) y comenzaría a solicitar que se le contase una historia continua. Así, elabora historias “complejas” como este Gran robo del tren, en las que los planos se combinan de forma eficaz para crear un efecto narrativo de asombrosa naturalidad para la época, especialmente apreciable en la persecución final de los bandidos.

Hay otros detalles también muy avanzados para ese momento, como el uso de primeros planos, el montaje paralelo, o la composición diagonal que intenta dar mayor sensación de profundidad (como uno de los viajeros, al que los bandidos disparan cuando intenta escapar avanzando hacia el espectador y “muere a sus pies”). 

De todas formas aún es evidente que El Gran robo del tren es una obra de comienzos, ya que además tiene una imagen de inserción complicada: un plano medio de uno de los bandidos disparando directamente a cámara. El mismo Porter dejaba a libre elección del proyector la colocación de esta imagen al principio o al final de la película, en cuyo caso el final no quedaría cerrado.

13/12/2006 10:03 Autor: Adriana Carriles. Enlace permanente. Tema: Orígenes No hay comentarios. Comentar.

El jinete pálido vs Raíces profundas

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"Contemplé un caballo blanco montado por un jinete negro,

y el nombre del jinete era La Muerte...

y tras él iba el infierno"

El segundo duelo de la temporada es un homenaje a Clint Eastwood. Os aseguro que intenté ser objetiva, pero cometí el error de ver el western de Eastwood (rodado en 1985) antes que el original en que se basada. Obviamente, la película de George Stevens (de 1953) no aguanta la comparación y el resultado es una buena historia devaluada por unas pobres actuaciones, unos personajes demasiado simples y una puesta en escena forzada y artificial.

 

En El jinete pálido, violento y sombrío remake del famoso Raíces profundas, Clint Eastwood muestra todo su talento con una estética absorbente que aúna clasicismo y las mejores enseñanzas de Don Siegel y Sergio Leone.

 

El jinete pálido es un western de patrón clásico, es decir, una historia de cuentas pendientes, héroes y villanos, paisajes imposibles, violencia, caminares lentos y frases antológicas. Es un tipo de cine que te gusta o no te gusta, sin matices. Pero además aquí está la mano del gran Clint Eastwood para dar verosimilitud y elegancia a un argumento ya de por si bien hecho.

Para empezar, Eastwood supera esa idea maniquea de agricultores buenos/ganaderos malvados, y pone a sus personajes en un mismo contexto: todos son mineros. La única desigualdad que existe entre ellos es el sistema de extracción que utilizan: tradicional o con maquinaria. De esta forma es posible obtener un contexto más completo y comprensible en sí mismo. Además, con apenas cuatro pinceladas, Eastwood expone los diferentes puntos de vista, para dejar claro que ninguna tecnología es buena o mala por si misma, sino que su posicionamiento moral se debe al uso que las personas hagan de ella.

 

Personajes llenos de humanidad a la búsqueda del héroe que les salve de sus miserias, materiales y espirituales, dieron lugar a uno de los más interesantes westerns filmados por Clint, sólo superado por su magistral “Sin perdón”.

 

Los grandes aciertos de Eastwood en cuanto al guión fueron precisamente esos cambios respecto a Raíces profundas, empezando por los propios secundarios. Eastwood decide no incluir una familia convencional, sino una silenciosa relación entre él, la mujer del campamento (viuda y, por tanto, libre de ataduras morales) y su hija adolescente, creando un clima de tensión latente entre ellos, dudas personales, conflictos familiares y un proceso de madurez psicológica en ellos.

Además, El predicador es el típico personaje a la medida de Eastwood, retomando una vez más el papel de "hombre sin nombre" que tanta fama le otorgara en anteriores filmes. Es uno de esos marginados tan del gusto de Clint por la riqueza psicológica que encierran y por la evidencia de que no resulta fácil deshacerse de los errores de nuestro pasado.

 

Con un tratamiento estético de interiores bastante arriesgado, con preciosos planos claroscuristas, y con una delicada factura en los paisajes exteriores, lo más aconsejable sería ignorar la versión de Stevens y acudir directamente al gran western de Clint Eastwood...

18/12/2006 18:36 Autor: Adriana Carriles. Enlace permanente. Tema: Duelo No hay comentarios. Comentar.
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